Aterrizar en Madagascar se parece bastante a llegar a otro planeta. La isla guarda una biodiversidad extraordinaria, con lémures, plantas y otros seres que evolucionaron aquí y no existen de forma natural en ningún otro lugar.
Isalo mezcla cañones, piscinas naturales y paisajes de roca; los bosques secos del oeste reúnen baobabs y fauna endémica; y los tsingy convierten la piedra caliza en un bosque de agujas. Nosy Be y las islas cercanas añaden playas, buceo y días lentos junto al mar.
Moverse forma parte de la aventura. Un taxi-brousse puede tardar mucho más de lo previsto, las carreteras cambian con las lluvias y dos puntos cercanos en el mapa pueden exigir una jornada entera. La recompensa aparece en los pueblos, mercados, arrozales y paisajes que nunca se verían desde un vuelo directo.
Madagascar pide decisiones: intentar verlo todo suele significar pasar el viaje dentro de un vehículo. Elige una o dos regiones, visita parques con guías locales, respeta la fauna y deja días de margen para que la isla marque el ritmo.